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Entrevista
con Héctor Tejera Gaona
Elecciones, política y cultura
Publlicado en La
Insignia - 5 de mayo del 2004
Texto
y fotografías: Ariel Ruiz Mondragón
La Insignia. México.
Generalmente, se afirma que los procesos de democratización
son productos de un cambio de cultura política entre
los ciudadanos. En términos muy esquemáticos,
esa transformación consistiría en el paso de concepciones
autoritarias hacia otras de carácter democrático,
con las que los ciudadanos empujarían al sistema político
hacia la democracia plena y cada vez más amplia. Muchos
de dichos estudios de cultura política todavía
están hechos dentro del viejo paradigma clásico
de Gabriel Almond y Sydney Verba.
En
lo que significa una renovación de los trabajos sobre
el tema, el Dr. Héctor Tejera Gaona publicó el
año pasado su libro «No se olvide de
nosotros cuando esté allá arriba. Cultura, ciudadanos
y campañas políticas en la ciudad de México»
(México, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa,
Universidad Iberoamericana, Miguel Ángel Porrúa,
2003), en el que presenta los resultados de una amplia investigación
realizada entre los ciudadanos de varios distritos electorales
del Distrito Federal en ocasión de las elecciones locales
y federales de 1997 -procesos muy relevantes, debido a que era
la primera vez que se elegía por votación directa
al jefe de gobierno de la entidad-. Como dice en su libro, las
campañas electorales son un campo de análisis
privilegiado para el estudio de la cultura política "debido
a que eslabonan, condensan y expresan sus diversas manifestaciones."
De allí que, después de hacer una severa y profunda
crítica a los estudios clásicos de cultura política,
proponga una nueva categoría: la cultura de la política.
Es
sobre varios de los temas que en ese libro estudia que sostuvimos
una interesante conversación, entre los que se encuentran
los siguientes: su novedosa concepción de la cultura
de la política, el atraso conceptual y metodológico
de los politólogos en materia de cultura política,
las dificultades para realizar su investigación, el pragmatismo
en las relaciones políticas, las campañas electorales
priístas como modelo seguido por el PRD y el PAN, la
continuidad del clientelismo pese a la democratización,
sus efectos sobre los representantes políticos y el proceso
legislativo, y la necesidad de renovación de la izquierda
en concepciones y prácticas que resulten distintas a
las tradicionales en el ámbito de las relaciones con
los ciudadanos. De ella queda una inquietud: ¿la democratización
de la ciudad de México ha ido aparejada con un cambio
significativo de cultura política? Esto es más
inquietante en tanto un destacado dirigente e intelectual del
partido blanquiazul declaró su "victoria cultural",
mientras que el partido amarillonegro trae el sonsonete de su
presunta "nueva cultura política".
El
Dr. Tejera Gaona es maestro en Ciencias Sociales y doctor en
Antropología. Ha sido coordinador nacional de Antropología
en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH),
y director de la revista Alteridades. Es autor de varios libros,
destacando este estudio sobre la cultura política en
la ciudad de México, que recibió el premio "Dr.
Salvador Nava Martínez" a la mejor tesis de doctorado
en Estudios Electorales, otorgado por la Sociedad Mexicana de
Estudios Electorales, y una mención honorífica
del premio "Fray Bernardino de Sahagún" a la
mejor tesis de doctorado en Antropología por el INAH.
 
Ariel Ruiz (AR): ¿Qué lo motivó
a escribir un libro acerca de las campañas electorales
y la cultura de la política en la ciudad de México?
Héctor
Tejera (HT): A mí me preocupaba mucho la cuestión
de cómo se dio el proceso democrático en México
y cuál es el papel que tiene la cultura en el mismo.
También, que los textos que había leído
sobre cultura política me parecían insatisfactorios.
Creía que el problema se tenía que resolver a
través de investigación de campo, no por medio
de criticar libros contra libros -que es una manera respetable
de hacer investigación, pero que se construye con base
en las preferencias que la gente tiene sobre ciertos autores-.
Por eso creo que es muy importante en todas estas discusiones
trabajar haciendo investigación con datos específicos,
preguntándole a la gente.
AR:
Y observando esos procesos muy de cerca. Usted hace una fuerte
crítica a la corriente estructuralista, que quiere aprehender
los valores de la cultura política a partir de encuestas.
HT:
Cuando uno está trabajando desde la antropología,
se encuentra que otras disciplinas -que son muy respetables
y que tienen muchos avances- a veces retoman cosas de ella,
pero lo hacen de forma aislada. Lo que encontramos con las propuestas
de los estudios que ahora se llaman culturalistas, es que toman
una noción de cultura que la antropología dejó
hace cincuenta años. Eso es terrible.
El
problema es que probablemente los antropólogos podamos
estar utilizando un concepto de cultura desde hace cincuenta
años, aunque puede ser que haya cosas muy avanzadas.
Pero lo que decidí era incursionar en la politología
y en la ciencia política como antropólogo, sobre
todo a partir de las aportaciones que pudiese eventualmente
hacer sobre cómo se investiga la cultura y cómo
abordarla. Ese es el enfoque que yo le he dado al proceso.
Reitero:
el problema es que la ciencia política utiliza un concepto
de cultura de la escuela estadounidense culturalista de hace
cincuenta años, que ha sido rebasado por la antropología
desde hace mucho. Entonces, el concepto de cultura que se utiliza
es muy básico. Esto es, consiste en que primero se piensa
que la cultura se puede estudiar con base en los individuos;
es decir, yo puedo estudiar la cultura preguntándole
a usted sus valores. Si pregunto a mucha gente qué piensa
o qué siente sobre las cosas o sobre los objetos políticos
-como dirían Almond y Verba-, finalmente voy a tener
una idea de lo que es la cultura política. Pero es idea
es tautológica por una razón: porque se supone
entonces que la cultura es la suma de las culturas individuales
de los individuos -por decirlo de alguna manera- y que la cultura
se estudia con base en los individuos. Lo que hace esto es perder
un elemento muy importante: para la antropología, la
cultura es resultado de las relaciones intersubjetivas; es decir,
en las relaciones entre la gente se van construyendo los elementos
culturales que matizan la manera en que la gente se comporta
o piensa, que es una manera muy distinta de pensar, y que no
se recupera haciendo incluso la encuesta, porque ésta
podría sostener: "Bueno, sí, la cuestión
es intersubjetiva, pero yo cuando le pregunto a un individuo
estoy tactando esa intersubjetividad." Pero no es cierto:
la intersubjetividad de la cultura se tacta viéndola;
es decir, ver cómo los individuos se relacionan entre
ellos y cómo actúan.
AR:
Esa cultura se tiene que expresar en prácticas, que es
lo que usted llama la objetivación.
HT:
Bueno, sí. La objetivación sería
una manera de verlo, es una parte de la cultura. Voy a plantearlo
de la siguiente manera -no quiero ser muy académico-:
creo que el problema está en que uno de los elementos
de la política que es muy importante tomar en cuenta
es que en ese espacio la cultura se emplea. Ese es un espacio
que generalmente tampoco se recupera en las investigaciones
que hacen los estudios culturales. Pongo un ejemplo muy general
que todos conocemos: Marcos es una gente que ha sabido emplear
nociones culturales que le pegan a la gente para generar consensos
sobre la posición que él tiene -más allá
de que podamos estar de acuerdo o no-. Podemos decir que es
muy eficaz en generar consensos. ¿Cómo lo logra?
Objetivando, utilizando, reformulando elementos culturales que
estaban allí, o creando nuevos, utilizándolos
para que nosotros sintamos adhesión a sus propuestas.
Eso son elementos culturales como el zapatismo, o cuando lo
va a perseguir Zedillo decir que eso es como la traición
de no sé quién. Utilizar elementos históricos
es una forma muy eficaz de generar adhesiones.
Hoy
venía escuchando en la radio lo de Luis Donaldo Colosio.
Hay un empleo de la cultura por parte de quienes promueven la
conmemoración por el décimo aniversario de su
asesinato. Pero de repente uno empieza a ver que se comienza
a jugar con elementos de la culpa de la gente. ¿Por qué
se utiliza esa culpa? Con un perfil político: generar
adhesiones hacia el PRI. Qué chistoso que la gente priísta
diga que fue un asesinato de Estado, como venía escuchando.
Pero si el Estado en ese entonces era el PRI. ¿Cómo
resuelven esa contradicción semántica? Si es un
crimen de Estado, es un crimen del PRI.
Entonces
no tiene eficacia finalmente ese manejo semántico, esa
propuesta que ellos hacen porque se contradice en sí
misma. Pero hay algunas que sí son eficaces.
AR:
Además de la muy dura crítica que hace a Almond
y Verba, usted señala que el término "cultura
política" ha tenido hoy más de cultura que
de política, por lo que propone otra categoría:
"cultura de la política".
HT:
Lo que sucede es que en los estudios culturalistas o de cultura
política, hay la idea de que tenemos una parte de nosotros
relacionada con la política y todo lo demás con
nuestra vida cotidiana. Lo que yo digo es que no, sino que lo
que tenemos que ver es que, dependiendo del espacio en el cual
nos movamos, nuestra cultura se expresa de manera distinta.
Estoy hablando de la cultura en global, es decir, no de una
parte de la cultura.
Lo
que yo estoy planteando es que cuando nosotros nos movemos en
el espacio político, la cultura opera de una manera distinta
a la que opera en otros espacios, como sería el familiar
o el educativo. No es que haya diferentes culturas: es nuestra
cultura y se expresa en diferentes espacios. Esto es una cosa
importante, porque en antropología ha habido la costumbre
de hablar de la cultura obrera, la cultura industrial, la cultura
organizacional, etc. No; hay una cultura, y tiene muchos elementos
que a veces es difícil definir o saber claramente cuáles
son. Pero esa cultura es la misma con la que usted se mueve
en su casa que con la que se mueve en el espacio político;
pero en éste la cultura se emplea, por ejemplo, cuando
los indígenas resaltan ciertos elementos de su identidad
para decir que ellos tienen derechos: "Nosotros somos indígenas,
tenemos una lengua propia, etc., y entonces tenemos ciertos
derechos."
El
otro día bromeaba con una amiga antropóloga: si
en la calle donde tú vives te quieren poner una estación
del metro, en ese momento todos los vecinos van a inventar una
identidad de la colonia, tradicional, que tenía que ver
con que desde hace cien años tiene una cultura que se
está rompiendo con el hecho de que pongan una estación
del metro. Eso es lo que yo llamo objetivación y que
además es el espacio de la cultura de la política,
que es cómo la cultura se utiliza políticamente.
Eso es un matiz importante.
AR:
El primer capítulo es muy rico en propuestas teóricas
y metodológicas en cuanto al estudio de la cultura política,
e incluso creo que apunta a una renovación.
HT:
Creo que mientras los politólogos y los sociólogos
crean que con base en trabajo de encuesta es posible comprender
qué es lo que sucede en los procesos culturales relacionados
con lo político en este país, van a tener una
visión muy parcializada -incluso equivocada- de lo que
es realmente la política. No digo que todos tengan que
estudiar antropología.
No
creo que vayamos a avanzar en una discusión acerca de
si los cuantitativos o los cualitativos tienen la razón.
Creo que debemos avanzar en tratar de profundizar en qué
estudiamos cuando analizamos la cultura política. Si
no complejizamos nuestra comprensión de la cultura, no
vamos a entender qué está pasando con los procesos
políticos y con los ciudadanos. Este proceso de complejización
no excluye o incluye técnicas o procedimientos específicos
de investigación, sino lo que implica es un proceso de
reflexión muy importante que no se está haciendo.
Yo
diría que muchas de las comunidades académicas
que trabajan sobre cultura política investigan en automático.
Trabajan sobre algún tema, van sobre las encuestas, y
qué es lo que la encuesta dice. No hay una reflexión
sobre si realmente eso que se está estudiando es cultura
como la debemos entender: como las percepciones de la gente,
los imaginarios colectivos que de alguna manera están
jugando en el espacio de los procesos políticos.
AR:
En el libro hay una crítica a posturas como las de Soledad
Loaeza y José Antonio Crespo sobre la cultura política
de la democratización mexicana. También hubo personas
que, a partir de los resultados electorales, hicieron una lectura
de la que concluían que se había generado una
nueva cultura política.
HT:
Vamos con Crespo. Es producto de la institución
en la que trabaja: el CIDE es una institución en la que
los procesos políticos se estudian desde la perspectiva
racionalista; ellos piensan que finalmente hay una racionalidad
medios-fines con la cual la gente actúa. Yo siempre he
planteado que esa es una obviedad, ya que la gente no es irracional.
Pero cuando nosotros nos manejamos nada más bajo la lógica
medios-fines, el problema es definir qué es lo que entendemos
por racionalidad; desde mi perspectiva, ésta está
matizada por la cultura. Puede ser muy racional comprarse un
carro barato, que finalmente lo lleva a uno a todos lados; pero
el prestigio de adquirirlo es un elemento cultural sobre la
manera en que uno lo compra. Muchas veces se compra un coche
que casi no se puede mantener o no se puede pagar, porque es
prestigio. Eso no puede considerarse únicamente racional,
sino que es una racionalidad que está matizada por la
cultura, la cultura del prestigio, la cultura del consumo, etc.,
pero son elementos culturales.
Decía
Habermas algo que a mí me parece importante: lo racional,
finalmente, es cuando nosotros ponemos en cuestionamiento los
valores o las percepciones del mundo con las cuales nos movemos
en él. Es decir: cuando ya hacemos un análisis
de por qué estamos haciendo las cosas, entonces probablemente
ya podemos hablar de racionalidad.
Pero
la racionalidad a la que muchas veces se refiere Crespo y la
gente que trabaja desde el punto de vista racionalista los procesos
políticos es muy extraña: es una racionalidad
que viene desde los cuarenta, que sostiene que la gente tenga
procesos racionales. Pues sí, está bien, pero
no explica nada. Como yo digo en el libro: A ver, explíquenme
por qué la gente decía que iba a votar por Del
Mazo porque era más guapo. ¿Qué racionalidad
hay allí? ¿Cuál es la racionalidad qué
se puede sostener?
Eso
es con relación al profesor Crespo. Con relación
a la profesora Soledad Loaeza, tomé una frase que me
llamó mucho la atención: ¿Cuáles
son los elementos que generan la democracia en este país?
Yo planteaba lo siguiente: pienso que mucho de ello tiene que
ver con la lucha de los grupos políticos de este país
por alcanzar ciertos espacios. Esto no quita que ha habido movimientos
cívicos y sociales importantes que han pugnado por ello;
pero desde mi perspectiva, por ejemplo Salvador Nava no fue
un elemento central en la democratización del país,
y sí lo fue que López Portillo fuera candidato
único. Eso para mí es más importante, porque
ponía en cuestionamiento el sistema político como
se estaba jugando, y había que meter a más fuerzas
políticas para que empezaran a jugar.
Hay
una interpretación muy unilateral, cuando mucha gente
dice que la cultura mexicana es democrática, cuando otros
estudios dicen que es autoritaria, y generalmente lo que uno
encuentra es que es muy pragmática.
AR:
Eso lo ha planteado usted en otro trabajo: la gente se comporta
de manera "democrática" o "autoritaria"
según le convenga.
HT:
U honestos o corruptos según las circunstancias. Eso
lo vemos con lo que ha pasado últimamente con los videoescándalos.
Yo no puedo decir que intrínsecamente los políticos
que han sido mostrados en los videos sean corruptos u honestos,
pero sí son pragmáticos. Querían ganar
campañas, aceptaron dinero, y por ese dinero tenían
que pagar las consecuencias. Como no las quisieron pagar, pues
mostraron los videos públicamente.
AR:
¿Qué tan difícil fue
hacer su investigación? Porque usted y su equipo se metieron
con los candidatos, los comités de campaña, con
los simpatizantes de los partidos, en los mítines.
HT:
Muy complicado. No se había hecho un trabajo
así en México. La única persona que había
trabajado de esta manera antes, pero que no sacó sus
resultados, era la doctora Larissa Lomnitz, que trabajó
sobre la campaña de Carlos Salinas de Gortari. Solamente
publicó un artículo en Nueva Antropología
y lo dejó.
Entonces
había varios problemas. Primero, no había información
bibliográfica sobre cómo eran las campañas
electorales. Segundo, no había información de
cómo abordarlas y de cómo manejar las categorías
teóricas para hacerlo.
La
investigación fue muy complicada por varias razones.
Las campañas en 1997 eran de dos meses y medio o tres
meses. Lo que yo hice fue formar un grupo de estudiantes que
querían hacer su tesis de licenciatura y maestría
sobre ese tema, y decidimos entrarle a las campañas.
¿Cómo las definimos? Tratamos de hacer un análisis
estadístico de clusters -conglomerados- de algunas zonas
a donde podíamos ir, y decidimos ir a las delegaciones
Cuauhtémoc, Benito Juárez, Iztacalco, Tláhuac
y Milpa Alta. No le puedo decir que exactamente lo hicimos a
través de un procedimiento estadístico, pero tratamos
de tener cierta racionalidad, y que las zonas fueran representativas
de diferentes tipos de ciudad -por decirlo de esa manera-.
Otro
problema era la relación con la gente. Tuvimos muchísimos
problemas para entrar a las campañas del PRI. Los priístas
tienen una identidad de grupo muy importante, que se nota mucho
en niveles: son gente que no trata de hundir los barcos, los
cohesiona el poder, su búsqueda y su mantenimiento. Pero
al mismo tiempo tienen muchísimo terror y temor a la
crítica, a la denuncia, a los medios de comunicación,
a los periodistas. Entonces nos tenían muchísimo
miedo. Tuve que entrar a ese tipo de campañas a través
de redes; es decir, gentes que yo conocía y que conocían
a su vez a los en cargados de las campañas, y a través
de ellos presentarme, debido a que cuando me presenté
sólo me batearon -como se dice comúnmente-. Tenía
que introducirme rápido porque las campañas estaban
en marcha.
En
lo personal estuve en tres tipos de campaña: las del
PRD, PAN y PRI. Pero lo información que usted ve en el
libro es resultado de un trabajo colectivo. Una cosa que sí
hace la antropología es entender cómo son los
procesos y no calificarlos. En los hechos, si arrancaban los
carteles, decir que lo hacían, pero no andar diciendo
que eso está prohibido.
Estuve
mucho tiempo más tiempo en las campañas del PRI,
porque sustentaba la idea de que eran la expresión de
cómo la cultura se relaciona con la política en
México, porque el PRI ha tenido muchísimos años
el poder. Por ello eran las campañas que más me
interesaban, y aprendí bastante de ellas. Los del PRD
y del PAN nos dejaron entrar más fácilmente.
He
tratado de conservar el anonimato de los candidatos a diputados
locales y federales con los cuales nos juntamos, porque nos
abrieron las puertas y porque mi trabajo no era denunciar las
cochinadas que hicieron todos.
AR:
En el libro, casi al final, se sugiere que el PRD y el PAN hicieron
sus campañas basadas el modelo electoral priísta.
HT:
Sí, era como el espejo en el que quisieran reflejarse.
Al PRD le salía mejor porque finalmente mucha de su gente
venía del PRI o se formó dentro de la cultura
de éste.
AR:
Aunque venían de la oposición.
HT:
Sí. Es que la oposición se parece mucho
al PRI en su relación política con la ciudadanía,
nada más que la propuesta política es distinta.
En el caso del PAN me encontré que tanto sus integrantes
como sus candidatos eran gente clasemediera que más bien
pertenecía a organizaciones de la sociedad civil relacionadas
con la iglesia, con movimientos de base, con una visión
bastante asistencialista. Esto es en 1997. Los panistas navegaban
como en otro mundo con relación a las expectativas ciudadanas,
que eran muy estructuradas a partir de lo que ha sido el priísmo.
Para el 2000 ya lo tenían más claro, se volvieron
más clientelares.
AR:
En el Distrito Federal, porque en otros estados donde empezaron
a gobernar lo hicieron antes, como en Baja California.
HT:
Sí. A mí me llamó mucho la atención
que en el cierre de campaña de Castillo Peraza vi llegar
camiones con gente de sombrero, morena. Eran campesinos que
habían traído de Veracruz. Se me hizo raro que
el PAN tuviera sus bases campesinas en ese estado.
Regreso
a la cuestión del PRI y del PRD. La cuestión importante
es la siguiente: creo, de alguna manera, que a veces los priístas
acusaban a los perredistas de que el PRD era el PRI de los setenta.
Eso decían en el 97 y en el 2000; pero tenían
algo de razón. Esto lo ve usted claramente con el grupo
de René Bejarano. Seguí las campañas del
PRD, y me encontré con la Corriente de Izquierda Democrática
(CID): me encontré con Martí Batres, con Bejarano,
con Dolores Padierna, etc., que eran gentes que lo que hacían
era trabajar con la gente para obtener vivienda, y de allí
sacaban sus bases políticas, con las cuales establecían
relaciones clientelares para empezar a ascender políticamente.
Así fue, y ha sido una política tan eficaz que
ahora tienen ocho delegaciones. Este grupo es tan clientelar
como cualquiera de los que acusaban del PRI.
Entonces,
¿qué es lo que sucede? El problema que ha habido
con la izquierda es que, a pesar de las dificultades, no ha
establecido una relación distinta con la ciudadanía
que aquella que estableció el PRI anteriormente. Simplemente
lo que ha hecho es disputarse las bases ciudadanas. Eso es lo
que desde mi perspectiva sucedió.
Estamos
hablando de los sectores más pobres de la población,
que necesitan siempre intermediarios con el estado que tenemos.
AR:
Hay otro fenómeno relacionado a ese que a mí me
interesa mucho. Según mostraban encuestas de anteriores
elecciones, la gente de mayor edad es la que votaba por el PRI.
Ahora López Obrador, con su programa de apoyo a los "adultos
mayores", ancianos, ha estado arrebatándole esa
clientela al PRI. Eso puede verse en sus mítines e "informes".
HT:
Hay una clientela que sí. Pero hay algo más: lo
que está haciendo López Obrador es muy interesante
porque con muy poquito dinero -considerando que la mayor parte
de la población del Distrito Federal gana menos de dos
salarios mínimos al mes-, al darles una pequeña
cantidad a los ancianos, estos recursos se expanden en términos
de apoyo a toda la familia. Ha sido muy importante para los
apoyos que tiene López Obrador que al darle dinero a
la abuelita, los nietos lo apoyan. Pegó en el núcleo
familiar a partir de una pequeña inversión de
recursos.
Yo
no sé si sea clientelar o no. Pero además hay
un problema real. Se puede decir que es clientelar porque tiene
efectos políticos; pero también es real que los
ancianos de esta ciudad estaban muy abandonados, eso es indudable.
Siempre
he hecho una diferencia entre lo que es clientelar y lo que
no lo es. El Estado tiene la obligación de atender las
necesidades de la población. Pero lo que hace clientelar
una relación es cuando claramente a la gente -y así
ha sucedido en el Distrito Federal- se le dice: "Toma,
esto de lo da Andrés Manuel López Obrador para
ayudarte". Es decir, cuando se desinstitucionaliza y se
convierte en algo que hace una persona. Eso es lo que lo hace
clientelar, y es lo que está haciendo López Obrador.
La Dirección de Participación Ciudadana del Gobierno
del Distrito Federal es una oficina que ha estado trabajando
para organizar la clientela que apoyará a López
Obrador en el 2006, clientela que ya vimos el día de
su informe sobre el complot de los videoescándalos, y
que es muy grande; además de los acarreados que hayan
llevado, me decían que hubo mucha gente que fue por motu
proprio, porque realmente lo apoya. Eso sí es clientelar.
A
mí lo clientelar me preocupa porque no hace madurar a
la ciudadanía. Pero también entiendo lo clientelar
cuando tenemos un Estado que se está desembarazando de
sus obligaciones con los grupos sociales más fregados.
Entonces cualquiera que dice: "Oigan, hay que atender esto",
pues evidentemente se desborda un apoyo político hacia
él.
AR:
Volviendo a la elección de 1997. Una de las razones del
fracaso del PRI sería la gran desatención del
gobierno federal y la regencia de la ciudad, pero que se debe
al proyecto económico neoliberal por el que ni siquiera
tenía recursos para "clientelizar".
HT:
Exacto. Lo que vamos a ver en los próximos años
es que si López Obrador gana la presidencia, su gobierno
va a estar muy acotado a hacer una serie de cosas que los gobiernos
socialistas en Francia o en Brasil han hecho: hacer los mismo
que los anteriores.
AR:
No puede haber un viraje drástico.
HT:
No creo que lo haya. Por otra parte, lo que empieza a suceder
son cosas muy curiosas. Pienso que los ciudadanos empiezan a
votar por el PAN, regresan al PRI, y después van por
el PRD. Probablemente lo que suceda en México es que
finalmente acabe habiendo un bipartidismo PAN-PRI, y un PRD
tratando de salvara su 16 por ciento. Le digo esto porque yo
no creo que vaya a ganar López Obrador la presidencia.
El PRI tiene un mal candidato, pero tiene una estructura territorial
muy fuerte; el PRD puede tener un buen candidato en términos
de la percepción que la gente tiene de él, pero
tiene una estructura territorial muy débil. Yo apuesto
más por la estructura territorial que por el candidato.
AR:
¿Por qué?
HT:
Porque las estructuras territoriales son muy importantes.
Hay que considerar que hay más de veinte gobernadores
priístas -más los que se acumulen este año-;
los gobernadores han sido muy claros: tienen poco dinero, pero
tienen estrategias clientelares de atención a la población
para que el PRI siga en el poder. Como ya no hay presidente
de la República del PRI, los gobernadores se han convertido
en los presidentillos de cada estado, deciden sobre el partido
y hacen un trabajo muy importante para mantener las bases políticas
de su partido. Entonces, a la hora de votar, usted va a encontrar
que sumando todos los votos a nivel nacional, esos más
de veinte estados van a pesar mucho en una elección.
Esto no lo tiene el PRD.
Puede
ser que López Obrador haga que ascienda el porcentaje
de votos al PRD, pero no creo que gane.
AR:
Entonces el PAN y el PRD adoptaron el estilo partidista de hacer
campañas electorales del PRI. Usted señala que
la campaña del PRI fue eminentemente tradicional, en
la que lo más destacado era la relación clientelar
que establecía con los electores. Ese mismo estilo ha
sido seguido por los otros partidos, pero lo que puede verse
es que esa relación es plenamente correspondida por vastas
franjas del electorado. Esto va contra muchas opiniones de estudiosos
que hablan de una ciudadanía democrática que se
resiste al clientelismo.
HT:
No, esa es una tontería idealizada. Cuando yo digo que
la gente es pragmática es porque dice: "Yo te doy
mi voto. ¿Tú que me das?" Ve al sistema en
términos de una negociación. Nosotros muchas veces
vamos a visitar al político y lo pensamos en términos
de principios en el sentido de que el Estado mexicano tiene
que hacer muchas cosas. Esto la gente lo tiene claro: Nadie
tiene que hacer nada. Nos van a dar en la medida en que nos
necesiten, y si nos necesitan aprovechamos la ocasión
para ver qué sacamos.
Lo
que sostengo en el libro es que la cultura de la política
mexicana no ha cambiado tanto, a pesar de que cuando un partido
gana dice que por fin ganó la democracia. Esos son discursos.
No; lo que yo digo es que lo que está sucediendo con
los ciudadanos actualmente, y sobre todo con esta política
tan restrictiva de abandono del Estado benefactor, es que están
buscando al nuevo patrón, el "Big Patrón",
el "Big Chief", que solucione sus problemas. Lo que
la gente ha tenido que aprender de manera muy dolorosa, es que
la democracia es un procedimiento para elegir gobernantes, pero
no es un procedimiento para resolver los problemas económicos
y sociales. Todavía no lo aprende del todo, y piensa
que los dirigentes que escoge le van a resolver las broncas.
Eso pasó con Cuauhtémoc, con Fox, con el PRI en
el 2003, y ocurrirá con el que elija en el 2006.
Yo
creo que los cambios culturales no son tan sustantivos como
para que podamos afirmar que hay una nueva cultura política
en México, sino lo que tenemos son las expectativas de
la gente de un retorno a un Estado benefactor que ya desapareció.
Creo que ese es el espacio sustancial de las aspiraciones de
la gente en este momento. Por eso votan como votan.
AR:
Eso genera un efecto sobre las instituciones
democráticas. Quien haya estado o visto una campaña,
y como se puede observar en su libro, a la gente no le interesan
los discursos sesudos acerca de la democracia o temas muy generales,
que en el libro está perfectamente ejemplificado con
el desinterés generado por el candidato que en una reunión
se puso a hablar de la socialdemocracia europea. Lo que quiere
la gente es que le solucionen sus problemas inmediatos: las
luminarias, la seguridad, el agua, las calles, la luz eléctrica,
que le pinten la unidad habitacional, que le consigan vivienda,
etc. Parece que no quiere representantes en las cámaras
legislativas, sino gestores de los problemas de su entorno inmediato.
¿Qué efectos tiene, a su parecer, que los ciudadanos
vean a los diputados como gestores y no como legisladores?
HT:
Lo más grave es que en el Distrito Federal los diputados
locales no solamente hayan asumido ese papel, sino que lo hayan
institucionalizado. Como usted sabe, ahora están las
casas de atención ciudadana, que es una institucionalización
de la gestión. Pero no solamente eso, sino que hay otra
cuestión interesante: cuando yo empecé a hacer
la investigación sobre campañas en el 2000, de
repente algunos candidatos que habían sido diputados
locales o federales me dijeron que no iban a hacer campaña.
Les pregunté por qué. Me respondieron: "Porque
ya la hice." "¿Cómo?" "Pues
con la casa de atención ciudadana durante tres años
he hecho campaña." Es como Bortolini en Coyoacán,
caso que conozco porque vivo en los límites de Coyoacán
y Tlalpan. A cada rato Bortolini sacaba sus mantas de protesta
por todo.
AR:
Sí, todo un caso. Bortolini también pedía
en sus mantas más dinero para todo lo bueno -educación,
salud, alimentación, etc.-, con la mayor desfachatez.
Ojalá pudiera decirnos de dónde lo iba a sacar.
HT:
Sí, él se dedicó a hacer su campaña
clientelar. "¿Qué necesita? Vaya a la casa
de atención ciudadana y allí se lo resolvemos."
Esto
implica algo importante, que también es otro problema.
Todo se puede resolver, siempre y cuando el delegado esté
de acuerdo políticamente en que ese diputado ascienda
políticamente. Las casas de atención ciudadana
muchas veces eran productoras de peticiones y de papel que no
servían para nada. Pero eso ya está institucionalizado
y nosotros los ciudadanos pagamos con nuestros impuestos esas
gestiones, cuando las delegaciones tienen sus oficinas para
que uno vaya a gestionar.
Cuando
yo estaba trabajando en Iztacalco el año pasado, una
gente de la delegación me decía: la mayor parte
de la gente que viene a la delegación son gestores de
los partidos políticos que tienen sus bases; no vienen
los ciudadanos. Entonces uno empieza a pensar que la estructura
política y de participación ciudadana en la ciudad
de México está mediada por los partidos políticos,
que son los que aparecen como los ciudadanos activos de está
ciudad.
Creo
que hay un pragmatismo ciudadano de decir que los diputados
no sirven para nada. Esto ha sido alimentado por los propios
diputados y por los medios de comunicación. Creo que
en ese sentido lo que el movimiento que hay actualmente de acotar
las campañas y sus costos es algo adecuado, porque en
efecto la ciudadanía siente que hay un gran derroche
de recursos y que no hay eficacia.
Es
muy importante que exista una Cámara de Diputados, que
haya un balance entre el Legislativo y el Ejecutivo, de lo que
no me cabe la menor duda. Pero el papel que debe tener el Legislativo
tiene que ser más claro para los ciudadanos. ¿Cómo
lo va a ser? Que haya mayor incidencia legislativa en el sentido
de que las leyes que se estén haciendo tengan que ver
con las necesidades ciudadanas. Construir el espacio de la atención
ciudadana no me parece malo, porque finalmente los ciudadanos
están votando por alguien para que cumpla con una serie
de expectativas. El problema es que cada vez más el sistema
político democrático muestra que hay una gran
distancia entre lo que los ciudadanos desean y lo que los políticos
hacen. Eso no solamente pasa en México, sino en todo
el mundo. Esto está poniendo en crisis a la democracia,
y además está haciendo surgir deseos autoritarios
de que llegue alguien que ponga orden, que nos dé lo
que necesitamos aunque se deshaga de todos los demás
que estorban y son unos parásitos. Eso es muy peligroso,
pero en algunos países está sucediendo.
Hay
cosas que están pasando en el mundo que son preocupantes
y que tienen que ver con que la democracia es el puerto de partida
y no el puerto de llegada.-como decía Woldenberg-. Desde
mi perspectiva, tenemos que construir una democracia que establezca
mecanismos más racionales de gobierno para que la atención
a los problemas nacionales sea más eficaz.
Creo
que debemos replantear la relación entre democracia y
ciudadanía en varios temas. Por ejemplo, me parece muy
bien que los jefes delegacionales sean elegidos por la ciudadanía,
pero hay un problema: son elegidos como resultado de un voto
cascada hacia un jefe de gobierno.
AR:
Un fenómeno que ocurrió en el
DF con los candidatos a jefe de gobierno, a diputados locales
y federales en 1997.
HT:
Y como ocurrió en el 2000, que hubo más
panistas por el voto cascada a favor de Fox, aun a pesar de
que el PRD tenía mucha fuerza. En el 2003, que ya no
había elección presidencial. Hubo de nuevo aplanadora
del PRD.
Además,
¿esos representantes son los mejores? Es decir, ¿son
las gentes más preparadas para asumir esos cargos? Hay
una responsabilidad de los partidos y de la democracia. Todos
dicen que tenemos derecho de votar y ser votados, y me parece
muy bien. Pero, ¿a dirigir un espacio de gobierno? Hay
un problema serio. Muchas veces a Sartori lo han acusado de
ser elitista, pero no deja de tener razón cuando dice
que deberían de gobernar los más capacitados.
Yo veo unos jefes delegacionales que eran gentes que venían
a patear la puerta de la delegación, y estaban muy bien
allí. Pero si hablamos de tener la perspectiva de Estado
de atender una delegación, un gobierno, no solamente
política sino administrativa, de entender de qué
se trata, no la hay.
La
democracia puede llevar a que Hitler ascienda. Esto no quiere
decir que no se deba seguir, pero hay una serie de problemas
que hay que empezar a discutir. Es una responsabilidad de los
partidos, no de nosotros los ciudadanos, decir: los mejores
tienen que ser los que nos gobiernen, los más preparados,
y no una persona que parece de rancho grande.
AR:
O personas que se han dedicado al tráfico de viviendas,
desayunos, leches, placas, puestos callejeros, etc.
HT:
Exacto. ¡Y son nuestros diputados! Uno dice: ¿Oye,
y estos cuates qué? Tampoco tienen que ser doctores en
antropología, por supuesto. Como decía un amigo
mío, que se burlaba de esta situación: No es lo
mismo alebrestar campesinos que lidiar con ellos.
Hay
una responsabilidad de los partidos en el sentido de que las
gentes que pongan como candidatos que los ciudadanos vamos a
elegir, tienen que ser no resultado de cuotas de poder, sino
las mejores personas que puedan gobernar o legislar. Si seguimos
con las cuotas, la democracia se va a ir al diablo.
AR:
En el distrito electoral donde vivo, en Xochimilco, los dos
diputados habidos entre 1997 y 2003, se dedicaron fundamentalmente
a la gestión, y su trabajo legislativo fue paupérrimo.
La función legislativa, que debería haber sido
la principal, fue dejada en un lejano segundo plano a favor
de la solución clientelar de problemas vecinales. Y como
usted decía anteriormente, con ello crean sus bases y
medran políticamente.
HT:
Por ponerte un ejemplo. Sobre muchos de los problemas
que tiene Xochimilco en relación a la contaminación
no se puede incidir, porque la legalidad es un cuello de botella
y no puedes actuar para resolver las broncas. Llegan y ponen
cascajo en los canales, los detienen, y a las tres horas los
tienes que dejar libres porque la normatividad así lo
permite.
Todo
eso hace que tengamos una serie de círculos viciosos
por los que no resolvemos los problemas. Para eso se necesita
legislar.
AR:
Volviendo al libro. Usted destaca que en los comités
de campaña nunca se implantaron métodos de evaluación
de la eficacia de sus acciones. ¿Cómo se podría
hacer esa evaluación?
HT:
¿Vale la pena hacer campañas como de comunidad
agraria en una ciudad como la de México? Yo digo que
no. Si te vas a reunir con cuatro mil quinientas personas después
de realizar una campaña muy intensiva, y tienes un electorado
de 127 mil personas, no vale la pena gastar lo que los partidos
están gastando en campañas locales. Entiendo la
función de la campaña local que es que se hacen
para reproducir y fortalecer el voto duro de los partidos. Pero
son campañas muy caras, que además no inciden
sobre la ciudadanía.
Lo
que diría es que los candidatos y sus equipos no tienen
métodos para saber si lo que están haciendo es
eficiente o no. Las campañas locales no son eficientes.
¿Qué cosas no son eficientes? Uno, lo que decía
anteriormente: Muy poca gente contactada respecto a un electorado
muy grande. Dos, son campañas que se realizan sustancialmente
a través de redes, y como las redes son las de tu propio
partido, acabas reuniéndote con la gente de tu partido,
por lo que con para fortalecer el voto duro. Tres, son campañas
que se realizan sustancialmente pensando en que uno puede incidir
en la preferencia del electorado; pero lo que han mostrado varios
estudios es que sustancialmente la gente tiene su preferencia
electoral establecida antes de las campañas electorales,
aunque generalmente hay una franja de indecisos que generalmente
votan por la oposición. Entonces no vas a cambiar mucho;
a los mítines que se organizan van los del partido o
los simpatizantes a que les reiteren lo que ellos quieren escuchar:
"Soy el rayo de esperanza". Eso es lo que querían
escuchar.
Hay
costos de campaña que no sirven. Los trípticos,
los volantes y todo eso es tirado a la basura por la gente,
y ni los lee. Nada más se está haciendo basura.
Eso se sabe. Lo que a mí me llamaba mucho la atención
y en lo que quise profundizar fue en los regalos, porque generaban
mucha angustia entre los candidatos cuando o tenían dinero
para ellos. Allí lo que aprendí es la primera
parte en la que me enfrento con el pragmatismo ciudadano: la
gente considera que las campañas son espacios en los
cuales les van a dar algo. Si no te van a gestionar, te van
a dar el tortillero, el encendedor, el bote de leche, el pricilindro,
etc., a los cuales les rascas, les quitas el logotipo del partido
(no sea que te vayan a confundir con priísta) y lo usas.
Solamente en las relaciones establecidas por largo tiempo el
regalo implica un contraregalo, o implica una obligación,
como decía Marcel Mauss. Es decir, si yo te doy algo
y no te conozco, no sientes obligación de retribuirme,
es algo impersonal. Entonces el costo de los regalos, que es
muchísimo, no sirve.
Lo
que sí sirve son las relaciones clientelares, pero construidas
durante mucho tiempo. Si le estás ayudando a alguien
a conseguir su casa, por supuesto que te va a ayudar. Va a votar
por ti, va a ir a la manifestación, va a repartir propaganda,
va a hacer pintas, etc. Esa es la base con la cual los partidos
hacen sus campañas políticas.
Al
inicio del libro digo que se está gastando muchísimo
dinero en las campañas políticas, lo que no se
debería hacer en esa medida, por la razones que acabo
de mencionar antes.
Creo
que si en algún momento uno puede pensar en ganar el
voto es con base en una política que desarrolle un partido
en una zona y que sea una política constante durante
mucho tiempo.
Ante
el desencanto ciudadano con la democracia, la gente dice: "A
ver qué me van a dar, porque si no, ¿para qué
voto?" Está esperando cosas más fácticas
y reales. Por eso la gente va a votar por López Obrador,
porque hay programas reales: el de vivienda, becas, desayunos,
apoyo a adultos mayores, de apoyo a la gente pobre.
AR:
En el caso de la ciudad de México y
la elección de 1997, ¿no es paradójico
que la plena democracia haya llegado al mismo tiempo que la
victoria de un partido eminentemente clientelar, como lo es
el PRD?
HT:
Es tan paradójico como que el propio PRD estableció
sus cuotas de poder cuando decidieron votar internamente. Lo
que hicieron fue reproducir y fortalecer las estructuras clientelares
que existían en el partido: el que tiene más clientela,
es el que tiene más espacios. Esto es algo importante.
Entonces un partido que no supo cómo establecer la relación
con la ciudadanía o la estableció con el pragmatismo
que le caracteriza, permitiendo que en el PRD actuaran los grupos
de izquierda que son sustantivamente clientelares, generó
una crisis como la que tiene ahora.
No
es extraño que en México y en el Distrito Federal
se haya decidido pelear espacios clientelares al PRI; nada más
que para disputárselos emplearon los mismos procedimientos
priístas. Quizá si no hubieran hecho esto, el
PRI seguiría teniendo el poder.
Lo
que creo que viene ahora es hacer un esfuerzo por reformular
la relación que el propio partido tiene con sus sectores
sociales. Esto sería importante que lo hiciera el PRD,
lo que no quiere decir que no siga teniendo base social de apoyo,
pero que no llegue al nivel de desinstitucionalizar el gobierno
o el Estado, convirtiéndolo en una estructura totalmente
clientelar -lo cual se ha pasado criticando toda su vida-. Es
un problema muy complicado, en el que el purismo moralista nos
lleve a entender los procesos sociales que estamos pasando ahora.
Pero no favorece a la cultura mexicana el que la izquierda no
se pueda diferenciar -en proyecto, en prácticas-, de
otros partidos. El problema que hay ahora con el PRD en la ciudad
de México es ese.
Ahora
los perredistas en la Asamblea Legislativa se están peleando
entre ellos para decidir quien encabeza al grupo parlamentario.
Pero son facciones que representan grupos, no representan un
proyecto. Yo la verdad no he visto mucha diferencia entre un
grupo y otro en términos de sus prácticas políticas,
ni diferencias ideológicas reales, sino que hay espacios
de interés que se disputan.
Hay
gente que me dice que critico mucho al PRD. Sí, porque
me preocupa más la izquierda -con la que simpatizo-,
que los partidos de derecha, de los que ya no tenga más
que decir. Me preocupa el partido que es una opción para
este país esté como está, cómo ha
estructurado su relación con la gente, cómo se
ha constituido como partido a partir de esa estructuración.
El hecho de que estén ganando espacios a partir de la
fuerza clientelar que puedan mostrar compromete muchísimo
la posibilidad de pensar en un partido con una práctica
política distinta a la que ha sido la tradicional dentro
del PRI.
Otra
cosa que me preocupa es que el PRD no tenga proyecto político,
sino un proyecto de poder, y que éste no lo diferencie
ni de los Amigos de Fox ni del Pemexgate
“No
se olvide de nosotros cuando esté allá arriba”.
Cultura, ciudadanos y campañas políticas en la
ciudad de México."
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